Domingo 14 de agosto- 20º
del T.O.
Lucas 12, 49-53
El evangelio que nos toca reflexionar comienza con una afirmación fuerte, con un lenguaje desconcertante: “Vine a poner fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo”. Es esta la esencia de todo el mensaje más allá de la confusión que puedan provocar sus palabras. El fuego al que se refiere Jesús no es el que arrasa bosques sino el fuego interior que nace de la energía y pasión por vivir en libertad y en plenitud.
Jesús crece en el seno de una sociedad de
desiguales; de gente aceptada por Dios y gente rechazada por Él. Escucha en la
sinagoga que Dios derrama bendiciones sobre los buenos y envía desgracias a esa
gran mayoría del pueblo que se ve condenada a una vida de miseria y exclusión
por causa de sus pecados. A él se le revuelven las entrañas al ver lo que sufre
aquella pobre gente rechazada y desalentada, y se siente cada vez más incómodo
dentro de esa fe que los condena de por vida…
Se acaba rebelando, sale de su casa y comienza
a recorrer los caminos de Galilea anunciando que Dios no es el juez que nos
castiga por nuestros pecados, sino el padre que nos ama incondicionalmente como
aman las madres. Sabe que esta idea de Dios choca con la de los letrados y los
fariseos, pero no se acobarda y mantiene un permanente enfrentamiento con ellos
que al fin le cuesta la vida.
A aquella «chusma maldita que no conoce
la Ley» —según expresión de los fariseos— les dice que no son unos pobres
desgraciados como todos aseguran, sino que tienen la dignidad de hijos de Dios
y son herederos de su Reino; que son los más importantes a Sus ojos, por
delante de los sacerdotes, los doctores y los fariseos.
Y no solo les habla, sino que cura sus
enfermedades, les enseña y se ocupa de ellos como nadie lo había hecho jamás...
Para aquellos míseros, malditos, desarrapados, excluidos, marginados,
empecatados, abandonados, ignorados, a veces cojos o ciegos, casi siempre
impuros, aquello es el reino de Dios en la tierra. Ya no hay que esperar más;
está allí, junto a ellos.
Las autoridades se sienten fuertemente agredidas
por ese charlatán que conquista a la gente, porque si lo que dice y hace
influye, todo el poder y el dominio que tienen acabarán por desaparecer. Cuando
sube a Jerusalén y ven el entusiasmo que provocan sus palabras, temen que su
fuego se transmita a la gente y haga arder la sociedad entera.
Y se ponen de acuerdo para matarlo.
En definitiva, Jesús declara la guerra a la
opresión, a la injusticia, a las leyes injustas, y tienen que matarlo para que
su fuego no rompa las estructuras de Israel y termine con sus dirigentes.
Jesús es consciente de que su
mensaje transformador no es neutral y que, tomado en serio, va a generar
división porque es necesario tomar postura con audacia y libertad en esta nueva
propuesta.
Este texto tan duro es una invitación para que
pensemos antes de hablar, de actuar, de tomar decisiones. No se trata de crear
divisiones y discusiones allá donde vayamos. Se trata más bien de vivir la vida
y la fe como una opción arriesgada y aceptando las consecuencias de ser
auténticos viviendo este fuego, del que habla Jesús, con coherencia y libertad.
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